Su regreso al Ecuador debe sonarle a Rafael Correa como una canción llena de tristeza y desamor. Durante la década que gobernó al país vivió el equivalente a una relación amorosa como el novio de la Patria. Su éxito fue fruto de una pasión refundacional, llena de un camino común construido en gestos e infraestructura, y retribuida electoralmente con muestras de afecto que no se habían dado desde el regreso a la democracia. Para no olvidar las mieles de esta relación, Correa compuso y entonó el equivalente político a boleros y pasillos románticos, en donde habló y le hablaban de ese amor: infinito, que ameritaba entregar la vida. Con ese tono se terminó su presidencia, hasta partir rumbo a Bélgica en julio de 2017. Pero en cosa de pocos meses, la distancia, el cambio del eje de poder, y la evidencia de que la corrupción de varios de sus funcionarios fue algo más que un caso esporádico, cambiaron el tono amoroso por uno de hastío.

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El ex presidente está de vuelta, tratando de avivar las cenizas de ese amor. Como el amante que recibe a la distancia silencios y desazón, quiere recuperar el afecto retornando para tratar de convencer que él es el mismo de siempre. Que puede haber un nuevo comienzo.

Empezará por la agrupación política que fundó, Alianza País: en ese bastión se juega el que proceda o no la pregunta de la Consulta Popular que le facilitaría retornar al poder en 2021. Ahora, el partido que alguna vez fue un monolito correísta es disputado por su sucesor y examigo, Lenín Moreno. El nuevo presidente cambió la imposición y la rigidez del anterior gobierno por un diálogo que ha partido a su movimiento. Sin embargo, las relaciones en política, como debería saberlo el propio Correa, son mucho más cínicas y pragmáticas. El poder tiene ese “no-sé-qué” que cambia a las personas (hasta les atrofia el cerebro). En su propio equipo de gobierno tuvo casos paradigmáticos, como el del conspicuo Alexis Mera, que de redactor de Leyes Municipales para León Febres Cordero pasó a ser la mente de la legalidad correísta.

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La guerra interna de Alianza País parece ir, lentamente, pero sin detenerse, a favor del presidente Moreno. Moreno no solo ha ido arrinconando al núcleo duro correísta: literalmente lo tiene entre la espada y la pared. Quitarle al vicepresidente Jorge Glas sus funciones y luego dejarlo a su suerte ante la justicia fue un mensaje muy eficiente. Logró que aumente el apoyo parlamentario a Moreno. Era como si fuese una balanza que iba cambiando sus pesos: a la medida en que el Vicepresidente fue perdiendo soporte político en los juicios por los casos de corrupción en los que está encausado, Moreno fue ganando respaldo en la Asamblea Nacional. El conmigo o contra mí, con el que tantas veces Correa alineó a sus huestes, también es cantado por Moreno, pero en tono mucho menos visceral y explícito.

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Correa llega al Ecuador apenas cuatro meses después de haberse ido. Tan pronto pero ya sin medios para reavivar el amor. Las notas de “Patria, tierra sagrada” se desenchufaron junto con las defenestradas sabatinas. Correa incluso se queja de que no lo dejan escribir en El Telégrafo, pero al presidente Temer de Brasil, sí. Las únicas puertas para tener contacto popular son su cuenta de Twitter y sus muy venidos a menos enlaces sabatinos en Facebook. Ya no cuenta con el poder mediático. En realidad, ya no tiene el poder, a secas.

Imagino que ver el exiguo apoyo que ha recibido en las calles durante sus primeros días en el Ecuador, deben hacer mucho más profunda y explícita la sensación de desamor que Correa debió sentir estos meses en Bélgica. Un desamor que coincide con la falta de poder.

Rafael Correa puede verlo como una oportunidad. Es como volver al origen: a cuando un profesor universitario trataba de usar todos los espacios posibles para dar su mensaje. En ese génesis, Rafael Correa logró generar el tono y un mensaje que enamoró a un país. Sin embargo, una década de poder fueron una historia, con sus luces y sus sombras.

Ahora las sombras han asomado con toda su hondura. Quién sabe si Rafael Correa pueda recuperar ese amor, junto con el poder. Pero todo indica que por ahora, en su retorno al Ecuador, tiene como banda sonora un bolero triste. Tristísimo.