La heroína de esta historia, Paula Geralda Alves, dejó las plantas que estaba regando al ver la expresión en el rostro del técnico de seguridad del vivero. El hombre había salido corriendo de su oficina en el galpón para encender la radio en una de las camionetas de la empresa. Ceño fruncido, pasos apresurados. Algo iba mal. Eran casi las cuatro de la soleada tarde del jueves 5 de noviembre de 2015 y los ruidos que se escuchaban eran una banda sonora extraviada.

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–Parecía avión, helicóptero, tempestad, lluvia, crecida de río. Pero el sol estaba así: lindo y maravilloso… Ese sol, ¿sabe?

Ese sol. Todos los sobrevivientes recuerdan aquel detalle. Era un día soleado, seco, sin lluvia en las afueras de Bento Rodrigues, un pueblo a 124 kilómetros de Belo Horizonte, la capital del estado de Minas Gerais.

Alguien bromeó: es el pau de arara, las viejas camionetas donde los trabajadores —mineros, campesinos— viajan en la parte de atrás, de pie, apretados y en jolgorio, como en una jaula de papagayos. Pero el pau de arara pasó y el barullo continuó. Parecía avión, helicóptero, tempestad, lluvia, crecida de río.

Paula trabajaba en Brandt Meio Ambiente, una empresa que cultivaba mudas de árboles para que la minera Samarco reforestase la tierra después de aplanar las montañas de la zona al extraer itabirito, un mineral de hierro. Samarco, la décima minera exportadora de Brasil, controlada por dos gigantes globales —la brasileña Vale y la australiana británica BHP Billiton— empleaba directa o indirectamente a catorce mil personas en la zona. Paula, la reforestadora, era una de ellas. Cuando el técnico de seguridad encendió la radio, Paula y sus ocho colegas escucharon una confusión de gritos, llantos y la noticia de que Fundão, la represa de desechos mineros, había reventado. Eran los empleados de Samarco que lloraban ante el espanto.

—Se estaban avisando. Pero a nosotros nadie nos había avisado.

Nadie les había dicho a los trabajadores del vivero que a las tres y media de la tarde se había roto una represa llena de lama y que una ola de ese material tóxico iba hacia ellos. Una represa que debía estar llena de tierra dura y compacta, pero que se había llenado de agua sin que nadie lo notase para convertirse en una masa fétida, mezcla de lodo y metal, que corría a quince kilómetros por hora. Una pasta líquida de arsénico, plomo y mercurio, con olor a sal, a barro, a ácido, a porquería. Una masa de color terracota, los residuos venenosos de la extracción del hierro, que raspaba la piel y disolvía la ropa de quien era arrastrado por ella. Antes de desbordarse, la lama había ocupado una represa de 340 hectáreas de superficie —la superficie del Central Park de Nueva York—, con 55 millones de metros cúbicos de desechos, suficientes para llenar diecinueve veces el estadio inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres.

Así comenzó la mayor tragedia ambiental de la historia brasileña, horas antes de que se contaminase una de las mayores cuencas hidrográficas del país, aniquilando uno de los ríos más importantes de Brasil. Así comenzó la muerte de la cuenca del río Doce, una zona de 86 mil kilómetros cuadrados —algo así como la suma de las áreas de Jamaica y Panamá—, que baña 228 ciudades. Tres millones y medio de personas se quedarían sin agua potable durante meses y terminarían secuestrando a punta de pistola camiones cisterna en las calles.

Paula Geralda Alves es la mujer que alertó a todo un pueblo de Brasil luego de que una represa de desechos mineros reventara.

Cuando Paula escuchó el llanto en la radio habían muerto catorce trabajadores de Samarco ahogados o aplastados por la lama. Cinco personas más morirían en Bento Rodrigues en los siguientes diez minutos: dos niños y tres ancianos. Pero en ese momento, nadie sabía nada. En el pueblo quedaban la mitad de sus seiscientos habitantes. Estaban los abuelos, las costureras, los profesores, los niños en edad escolar. También estaban algunos agricultores, de vuelta a casa tras concluir la jornada en el campo. Nadie les había avisado nada.

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—¡No sé ustedes, pero voy a avisar a mi gente! gritó Paula, mientras salía corriendo del galpón para subirse a su moto y acelerar hacia Bento Rodrigues.

§

Bento Rodrigues, el caserío al que se dirigía Paula, no llegaba a trescientas casas. Eran un poco menos de setecientos diez vecinos; la mayoría trabajaba para Samarco o para alguna de las empresas que le brindaban algún servicio, como el vivero. Los otros se dedicaban a cultivar pimentabiquinho un pequeño ají en forma de gota, de un color rojo brillante. Había un par de riachuelos con sus respectivos puentes, casas blancas con tejados anaranjados, patios grandes, una escuela. Pero también había una amenaza en las montañas que rodeaban a Bento: las represas de Fundão y Santarém. La primera en teoría llena de tierra compacta, y la segunda repleta del drenaje de agua de la minería y de Fundão.

Bento Rodrigues, Bento para los vecinos, comenzó como un caserío en el siglo XVIII, bautizado con el nombre de un bandeirante, uno de los pioneros de la época colonial brasileña, cuando adentrarse en el país-continente prometía tierra y riquezas. Bento-el-bandeirante encontró su promesa: una mina de oro.

En Bento-el-caserío, quedaba una de las primeras iglesias de Minas Gerais, São Bento, fundada en 1718 cuando este ya era un importante centro minero. Por el centro del pueblo pasaba la Estrada Real, un camino histórico brasileño, ahora una ruta turística que recorre los lugares más importantes del Brasil imperial. Ahí quedaba el Bar da Sandra, un punto que aparecía en las guías turísticas alabando la sazón minera de la dueña. Había un hotel-hacienda a la entrada del pueblo, y también había una cascada de quince metros de altura, la Cachoeira de Ouro Fino. Hasta ahora nadie ha borrado las fiestas patronales de julio de la lista de recomendaciones turísticas en la web del municipio de Mariana. Sobre su mapa se dibujan diez distritos. Cada uno formado por un puñado de pueblos. Eso eran Bento Rodrigues y Paracatú de Baixo antes de que los cubriera la lama.

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Las peores tragedias en la industria minera se leen como un ensayo sobre la claustrofobia. La mayoría de las veces son historias de hombres enterrados bajo tierra, mineros a los que podemos imaginar en una cueva oscura y húmeda, rogando porque la ayuda llegue antes de que se les acabe el oxígeno o se desplome el túnel. Pero el accidente más grave de la historia de la minería en el planeta ocurrió bajo un sol brillante, con un cielo despejado, cuando una enorme corriente de lama atravesó montañas y, aprovechando los cauces de los ríos, cubrió dos pueblos en menos de tres horas y se derramó días más tarde, en el océano Atlántico, después de arrastrar personas y vacas, cerdos, caballos, perros, gatos, gallinas, patos, peces, sapos, pájaros, larvas y miles de especies vegetales endémicas de dos estados brasileños: Minas Gerais y Espírito Santo.

La lama también asesinó al río Doce, un río de 853 kilómetros de largo a donde van a desembocar las aguas de los ríos Casca, Guandú, Manhuaçu, Piracicaba, Santo Antônio y Xopotó. La cuenca más importante en el Sureste de Brasil. El Nilo brasileño. El drenaje de dos estados. Las aguas que bañan 40 ciudades. El lugar sagrado de un puñado de tribus. El dulce lugar de juegos de miles de niños. La vía por donde entraron los exploradores europeos desde el siglo XVIII para estudiar a las plantas y a los indios bocotudos, el corredor por donde llegaron los colonizadores durante esos mismos años. En el siglo XX, por el valle del río Doce —o Vale do Rio Doce— pasó el ferrocarril de Vitória a Ouro Preto. En el siglo XXI una de las propiedades de la Vale —la poderosa minera fundada con el nombre de Vale do Rio Doce— acabó con sus aguas. Demoró dos semanas y un día.

Una calle de Bento Rodrigues, tras el desastre.
Fotografía de Romerito Pontes.

Los desechos químicos también asesinaron a un capítulo de la literatura brasileña. En 1781, el fraile Santa Rita Durão —nacido en un pueblo a pocos kilómetros de Bento Rodrigues— mencionaba al río Doce en el poema épico Caramuru, que cuenta la historia de Diogo Álvares Correia, un náufrago portugués adoptado por los indios tupinambás. El siglo pasado, Rubem Braga escribió sobre el río en el estado de Espirito Santo en las crónicas Barra do Rio Doce, en 1949, y O lavrador, en 1954. El río da el título a una canción instrumental del músico Beto Guedes, quien en 1979 incluyó Rio Doce en el álbum Sol de primavera. El epígrafe de este libro, Lira itabirana, fue escrito dos siglos más tarde por el poeta Carlos Drummond de Andrade y anuncia las lágrimas y amargura que la Vale vertió en el Doce. En 1996, el caricaturista Ziraldo publicó O menino do Rio Doce, sobre su niñez a la orilla del Doce. Ziraldo tenía la certeza de que había nacido el día en que vio el río por primera vez.

Las autoridades ambientales del Ministerio Público de Espírito Santo y del Servicio Autónomo de Agua y Alcantarillado de Minas Gerais lo declararon muerto diez días después del horror. Los ríos perecen en largas agonías, después de décadas de maltrato, como el Ganges, en India, lleno de cadáveres en descomposición o el Salween, en el sudeste asiático, repleto de metales pesados y abandonado por los peces. Cuando llega la noticia de que ahí no hay más peces, más alga, más nada, ha pasado tantos años pudriéndose que hace tiempo es tomado por un cadáver viviente. El río Doce murió de súbito. La burocracia extendió por adelantado el certificado de defunción. El río antes lleno de peces, niños y pescadores apareció oscuro y marchito. Durante una semana, las personas se reunieron en los puentes o en las márgenes del río para ver llegar la lama y llorar mientras los peces saltaban de las aguas, sofocados, y un par de minutos después flotaban, muertos.

§

Paula, la señora del vivero, subió a su moto, una Joy Plus roja a la que llama Berenice, y salió gritando por las calles de Bento:

—¡La represa reventó, corran que la represa reventó, corran que la represa reventó!

Atrás habían quedado sus compañeros y sus gritos.

—Paula, vuelve, Paula, vuelve, Paula, vuelve, pero no les había hecho caso a sus colegas.

Lo que ellos veían, y que Paula no vio, era una catarata de lama que se precipitaba doscientos metros entre las montañas para luego recorrer dos kilómetros y trescientos metros hacia Bento llevándoselo todo. Lo que ellos veían desde el vivero y fuera de peligro, era a Paula en su pequeña moto roja con la lama a pocos metros de las llantas. Ellos, sus compañeros de trabajo, vieron a la pequeña Paula —con su poco más de metro cincuenta de obstinación— cruzar un puente que en unos minutos quedaría arrugado y arrancado como un papel por ese mar espeso y achocolatado.

–Gracias a Dios resultó. Las personas escucharon, salieron corriendo. Si salvé a una sola persona me siento feliz, dice Paula, a quien ahora llaman heroína.

En el relato bíblico de Sodoma y Gomorra, un dios castigador está a punto de arrasar con un pueblo de pecadores y envía a que un ángel salve a Lot, un hombre justo, con la condición de que él y su familia se marchen sin mirar atrás. Su mujer vuelve la vista a su antiguo hogar y queda convertida en estatua de sal. Aquel 5 de noviembre de 2015, Paula Geralda Alves fue la mujer que no volteó a mirar atrás mientras gritaba a sus vecinos que huyeran. No fue a buscar a su hijo, no fue a buscar a su madre. Fue a salvar a su pueblo. A todos. Sólo se dio cuenta de lo que había hecho días después.

Sólo cuando llegó a lo alto de la loma y vio que casi todo mundo estaba a salvo, mientras los sobrevivientes subían a camiones y camionetas para intentar salir de allá, Paula miró hacia atrás. Habían pasado sólo seis minutos desde que subiera a Berenice para dar la voz de alarma. Al mirar no vio nada más que barro ácido y apestoso. En seis minutos, a Bento se lo había tragado la lama.